Es precisamente ahora, demasiado tarde ya y mientras me revuelco en la miseria, que recuerdo el más sabio consejo que me dio el más sabio de los hombres: El amor es un conjunto de absurdos que acaban enredándote de la peor de las maneras.
Por aquel entonces yo ya había dejado de ver a mi padre como a un heroe, sobre todo desde que la Nochevieja pasada se pillara la borrachera del siglo y se cayera del pedestal en el que mis -hasta el momento -inocentes ojos le habían colocado. No sé qué me hizo sentir más vergüenza; si verle vomitar, o verle llorar como un niño por separarse de mi madre. Su aspecto era tan deporable, su visión tan humillante, el impacto que me llevé fue tan grande, que no me quedó más remedio que desechar ese recuerdo al olvido.
Ahora, mucho tiempo después y mientras me abrazo a la taza del WC, recuerdo perfectamente todas y cada una de sus palabras. Y las comprendo.
Veréis, no es que yo haya sido un tipo duro, de esos cuyo único objetivo en la vida es tirarse a todo lo que lleve faldas y guardar sus bragas en un cajón a modo de trofeo, aunque tampoco he sido de los que han creido en los cuentos de hadas. Es curioso ahora que lo pienso, pero nunca he perdido la cabeza por una chica, ni siquiera en mis años más efervescentes, cuando las hormonas están más descontroladas que nunca. No es que sea un tipo frio, y me han gustado bastantes chicas como para rellenar una libreta, esa que por mucho que lo neguemos todos los hombres guardamos en una caja de recuerdos olvidada en un desván, pero mi reacción ante el amor enfermizo en el que iban cayendo todos y cada uno de mis amigos me hacía bufar de incredulidad y desdén.
No, yo no creía en el amor, al menos, no el amor que nos vende el mercado "jolivudiense".
Hasta que ella entró en mi bar.
Si he de ser sincero, no era mi tipo de chica, y no porque no fuera una chica diez, pues no soy tan superficial. Es sólo que era una chica tan simple, tan sencilla, que pasaba totalmente desapercibida, al menos para mi.
En ese momento no le di la menor importancia, pero es curioso que ahora recuerde ese instante con total precisión. Tenía el rostro encencido por el frio y un brillo de ojos sobrenatural. Esbozó una timida sonrisa y, muy educadamente, pidió un café solo con hielo y dos azucarillos. Vi absurda su petición, pues ya comenté que hacía frío, pero como el cliente siempre tiene razón, le serví lo que me pidió. No sé cómo fue que empezamos a hablar, pero de pronto ahí estaba yo, contándole mi vida y preguntándole por la suya. Teniendo en cuenta lo receloso que soy por naturaleza, la tacañería afectiva de la que normalmente hago gala, esa noche y después de dar muchas vueltas en la cama, no pude menos qué preguntarme qué tenía aquella chica para que hubiera perdido toda la tarde hablando con ella y, lo más increible de todo, que horas después siguiera pensando en ella y sonriendo al recordar ciertos fragmentos de la conversación. Al día siguiente ella volvió a mi bar. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que había estado esperando, aun sin saberlo, que ella entrara por la puerta. Tal vez fue por eso que cuando esto sucedió, sonriera como un gilipollas.
Fue fácil enamorarme de ella. No, no me preguntéis por qué. Ni siquiera me pidáis que os de una sola razón por la que perdiera la cabeza por ella, pues mis explicaciones serían absurdas, precisamente porque, y tal como años atrás vaticinó mi padre, mi enamoramiento fue la consecuencia de una serie de absurdos que me terminaron enredando de la peor de las maneras.
Que ella nunca sería para mí, lo sabía. Que sólo estaba de paso, también. Que debía de dejar de esperar que llegara la hora en que ella entrara para tomarse su café helado, también. Pero no pude hacer nada para no caer rendido ante su encanto. O no quise hacer nada. Eso ya da igual.
El caso era que yo me sentía genial a su lado, que mi vida cobraba sentido cada vez que ella entraba por la puerta, que vivía por y para ese momento. Sabía, o quería creerlo, que ella sentía lo mismo por mí. Sus ojos lo clamaban a gritos. Sus labios me lo demostraron alguna vez. Sus manos buscando las mias a escondidas, también. Sin embargo, pese a saber que me estaba metiendo en un lio tremendo, no sabía hasta qué punto todo estaba ya perdido para mi. Eso lo averigué más tarde, el dia que ella no se presentó en mi bar.
Al principio, sentí preocupación. Cuando una semana después seguía sin saber de ella, mi preocupación se convirtió en una alarmante desesperación.
Al mes, llegó la negación. Y, con ella, la resignación y la aceptación de que nunca más volvería a verla, que ella había salido de mi vida para siempre.
Lo último que llegó, fue la fase del dolor. No es un dolor muy fuerte, sólo una tenue sensación de pérdida, de frustración, de rabia, impotencia y desesperación, regadas con nostalgia, pena y añoranza.
Y necesidad... eterna necesidad de ella, tan lacerante, tan exigente, que me obliga a recurrir al consuelo y el momentaneo olvido que sólo el alcohol puede otorgar.
Así que heme aquí, con una borrachera de órdago, abrazado a la fría porcelana mientras mis lágrimas se mezclan con mi vómito.
Y todo por haber sido tan absurdo de enamorarme absurdamente de una chica que era tan absurda como para tomarse un café con hielo en invierno.
Por aquel entonces yo ya había dejado de ver a mi padre como a un heroe, sobre todo desde que la Nochevieja pasada se pillara la borrachera del siglo y se cayera del pedestal en el que mis -hasta el momento -inocentes ojos le habían colocado. No sé qué me hizo sentir más vergüenza; si verle vomitar, o verle llorar como un niño por separarse de mi madre. Su aspecto era tan deporable, su visión tan humillante, el impacto que me llevé fue tan grande, que no me quedó más remedio que desechar ese recuerdo al olvido.
Ahora, mucho tiempo después y mientras me abrazo a la taza del WC, recuerdo perfectamente todas y cada una de sus palabras. Y las comprendo.
Veréis, no es que yo haya sido un tipo duro, de esos cuyo único objetivo en la vida es tirarse a todo lo que lleve faldas y guardar sus bragas en un cajón a modo de trofeo, aunque tampoco he sido de los que han creido en los cuentos de hadas. Es curioso ahora que lo pienso, pero nunca he perdido la cabeza por una chica, ni siquiera en mis años más efervescentes, cuando las hormonas están más descontroladas que nunca. No es que sea un tipo frio, y me han gustado bastantes chicas como para rellenar una libreta, esa que por mucho que lo neguemos todos los hombres guardamos en una caja de recuerdos olvidada en un desván, pero mi reacción ante el amor enfermizo en el que iban cayendo todos y cada uno de mis amigos me hacía bufar de incredulidad y desdén.
No, yo no creía en el amor, al menos, no el amor que nos vende el mercado "jolivudiense".
Hasta que ella entró en mi bar.
Si he de ser sincero, no era mi tipo de chica, y no porque no fuera una chica diez, pues no soy tan superficial. Es sólo que era una chica tan simple, tan sencilla, que pasaba totalmente desapercibida, al menos para mi.
En ese momento no le di la menor importancia, pero es curioso que ahora recuerde ese instante con total precisión. Tenía el rostro encencido por el frio y un brillo de ojos sobrenatural. Esbozó una timida sonrisa y, muy educadamente, pidió un café solo con hielo y dos azucarillos. Vi absurda su petición, pues ya comenté que hacía frío, pero como el cliente siempre tiene razón, le serví lo que me pidió. No sé cómo fue que empezamos a hablar, pero de pronto ahí estaba yo, contándole mi vida y preguntándole por la suya. Teniendo en cuenta lo receloso que soy por naturaleza, la tacañería afectiva de la que normalmente hago gala, esa noche y después de dar muchas vueltas en la cama, no pude menos qué preguntarme qué tenía aquella chica para que hubiera perdido toda la tarde hablando con ella y, lo más increible de todo, que horas después siguiera pensando en ella y sonriendo al recordar ciertos fragmentos de la conversación. Al día siguiente ella volvió a mi bar. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que había estado esperando, aun sin saberlo, que ella entrara por la puerta. Tal vez fue por eso que cuando esto sucedió, sonriera como un gilipollas.
Fue fácil enamorarme de ella. No, no me preguntéis por qué. Ni siquiera me pidáis que os de una sola razón por la que perdiera la cabeza por ella, pues mis explicaciones serían absurdas, precisamente porque, y tal como años atrás vaticinó mi padre, mi enamoramiento fue la consecuencia de una serie de absurdos que me terminaron enredando de la peor de las maneras.
Que ella nunca sería para mí, lo sabía. Que sólo estaba de paso, también. Que debía de dejar de esperar que llegara la hora en que ella entrara para tomarse su café helado, también. Pero no pude hacer nada para no caer rendido ante su encanto. O no quise hacer nada. Eso ya da igual.
El caso era que yo me sentía genial a su lado, que mi vida cobraba sentido cada vez que ella entraba por la puerta, que vivía por y para ese momento. Sabía, o quería creerlo, que ella sentía lo mismo por mí. Sus ojos lo clamaban a gritos. Sus labios me lo demostraron alguna vez. Sus manos buscando las mias a escondidas, también. Sin embargo, pese a saber que me estaba metiendo en un lio tremendo, no sabía hasta qué punto todo estaba ya perdido para mi. Eso lo averigué más tarde, el dia que ella no se presentó en mi bar.
Al principio, sentí preocupación. Cuando una semana después seguía sin saber de ella, mi preocupación se convirtió en una alarmante desesperación.
Al mes, llegó la negación. Y, con ella, la resignación y la aceptación de que nunca más volvería a verla, que ella había salido de mi vida para siempre.
Lo último que llegó, fue la fase del dolor. No es un dolor muy fuerte, sólo una tenue sensación de pérdida, de frustración, de rabia, impotencia y desesperación, regadas con nostalgia, pena y añoranza.
Y necesidad... eterna necesidad de ella, tan lacerante, tan exigente, que me obliga a recurrir al consuelo y el momentaneo olvido que sólo el alcohol puede otorgar.
Así que heme aquí, con una borrachera de órdago, abrazado a la fría porcelana mientras mis lágrimas se mezclan con mi vómito.
Y todo por haber sido tan absurdo de enamorarme absurdamente de una chica que era tan absurda como para tomarse un café con hielo en invierno.
3 comentarios:
Hola Laurita, soy Julia Z. compañera de mesa en Alcorcón. :)
Me ha encantado el relato, la narracción es espléndida.
Felicidades.
Besos.
¡Ay, mi niña!!! Y quién no ha estado como él, en una momento de heroicidad semejante, abrazada al señor Roca, y deseando que alguna mano mágica te arrancara de la Tierra para llevarte al País del Olvido. Un relato bonito y triste. Lydia Leyte
¡Julia! Jo, que risas nos echamos. Me alegro de que te haya gustado.
Lydia, sí que es cierto.
Muchas gracias por vuestros comentarios, chicas. Besines, ya sabeis. Del alma
Publicar un comentario en la entrada