viernes, 24 de febrero de 2012

Causa de la muerte:...

Suicidarse no es nada fácil.
Creedme, llevo más de dos meses buscando la mejor forma de hacerlo, pero nada, que no hay manera. No hay ningún impedimento, ni de tipo físico, ni de tipo moral, que me impida coger la escopeta de campo y volarme la tapa de los sesos. Sería facilísimo. Y lo haría, creedme, sin vacilar. La mano no me temblaría, ni una gota de sudor frio recorrería mi sien delatando así mis nervios y las dudas de última hora. Sólo lo lamentaría por el desagradable espectáculo que tiene que ser para mi señora encontrarse con mi craneo destrozado y toda esa sangre sobre el escritorio que seguro es dificilisimo de limpiar. Casi prefiero algo menos melodramático, como un veneno o algo así. El cianuro es complicadísimo de encontrar, por no decir que su compra es ilegal, así que de optar por un veneno, no me quedaría más remedio que recurrir al simple, accesible e "inocente" matarratas de toda la vida. Fácil, ¿no?
Pues no. 
Y no porque me haya educado en colegio de curas y mi religión rechace el sucidio, ni porque crea que al hacerlo me voy a condenar eternamente... Bueno, sí lo creo, sólo que a estas alturas del partido, donde todo, y cuando digo todo quiero decir absolutamente todo, lo tengo más que perdido.
No, ni mi cobardía ni mi conciencia son los contras que me impiden que acabe con mi vida de una vez por todas; son las muchas trabas legales que me voy encontrando por el camino.
Todos los días, después de dar un beso de buenas noches a nuestra hija y dejarla arropadita y calentita en su camita, mi mujer y yo bajamos al salón y comenzamos con la rutina de siempre; ella lee. Yo, veo la televisión.
Hasta ahí, todo normal, ¿verdad?
Pues tampoco.
¿Lo veríais normal si os dijera que todo lo que ella lee, y todo lo que yo veo, tiene que ver con la muerte? Y no porque seamos unos piscópatas ni nada por el estilo, es que, por muchas vueltas que le damos al asunto, no encontramos la forma de suicidarme y que parezca un accidente. Siempre hay un cabo suelto, y miedo me da, porque entre lo perfeccionista que soy, y lo listos que son los del seguro, no puedo, ni debo, cometer el más minimo error.
- Lo tengo - dice mi mujer en un susurro, los ojos maravillados, los labios torcidos en lo más parecido a una sonrisa que ha esbozado el último año, y una expresión de anhelante y esperanzada expectativa.
Me levanto de golpe y corro a su lado, casi al mismo tiempo que ella me tiende el libro señalándome con su dedito pequeño y regordete el párrafo donde estaba la solución a nuestros problemas. Sé que mi rostro muestra ahora las emociones que segundos antes había advertido en el de mi mujer, y, abrazándonos, nos miramos a los ojos.
Por un segundo veo dolor, dudas y pena en sus ojos. Se echa a llorar, y se abraza a mi cintura, mientras me dice que me ama. Yo lo sé a ciencia cierta. La desolación que muestran ahora sus ojos así lo reflejan, pero ambos sabemos que esto es necesario, así que sonrio y afirmo con la cabeza resolutivamente.
Vuelve a temblar.
O tal vez sea yo. No importa.
No perpetuamos esa misma noche el suicidio, pues debíamos pensar en todos y cada uno de los detalles, para que todo fuera casi tan perfecto como la vida que, hasta ese momento, había llevado.
Sí amigo, mi vida había sido perfecta. Contaba con una esposa que me amaba, con una hija que era mi razón de vivir, con mi propia empresa, con una casa...
Contaba con tanto, que era imposible que la vida no me terminara pasando factura por todo lo que recibí. Una factura desproporcionada, a mi criterio. Y si no, juzguen ustedes.
Porque mal estaba que mi socio me engañara, sí. Mal estaba que, gracias a su codicia, la empresa quebrara y que tuviera que indemnizar a los trabajadores que tenía a mi cargo de mi propio bolsillo y dejándome prácticamente en la ruina. Lo hubiera llevado mejor si el país no hubiese atravesado la crisis que atravesaba y si hubiera tenido quince años menos, pero bueno, algo saldría, lo que fuese. No importaba hasta dónde me tuviera que rebajar, con tal de que a mi familia no le faltara un plato en la mesa, y así lo hice, aceptando cualquier cosa que me ofrecieran por cuatro euros, con resignación pero sin quejarme.
Hasta que un año atrás, llegó la factura gorda.
La enfermedad de mi pequeña.
No, amigos, no soy un cobarde por suicidarme. No estoy huyendo de la realidad. Tan sólo soy un padre desesperado que busca la forma de conseguir dinero para el tratamiento de su hija, un hombre al que no le importa estafar al seguro con tal de que su pequeña tenga los mejores médico.
Un hombre que da su vida por la de su hija.
Un hombre que, mientras mira a su mujer, y un segundo antes de morir, reza para que en el informe del seguro no ponga:
Causa de la muerte: suicidio.

(c) Lorna Kenneth

5 comentarios:

Perro Gemelo dijo...

jo, esa crisis lleva a extremos inimaginables

Laura Nuno dijo...

Más que la crisis, la desesperación de un padre. Gracias pr tu comentario.

Neogeminis dijo...

No hay plan perfecto ni suicidio que no deje rastros ni impensadas consecuencias. Yo no me fiaría,aunque aparentara ser la solución.

Triste y dramática historia.
saludos.

Bela Marbel dijo...

Joder Lala me has dejado un nudo en el estómago. Buenísimo como siempre.

Laura Nuno dijo...

Jo, Bela, yo creo que esta vez me he pasado tres pueblos.